domingo, 10 de abril de 2011

Los niños y los animales




Algunos crecimos con animales en casa, otros no, pero puedo decir que todos teníamos esa actitud de maravillarnos ante lo diferente. Los animales no humanos, si bien próximos a nosotros en muchas características fisiológicas y emocionales, son atractivos para los niños por tener capacidades diferentes a las nuestras: pueden volar, respirar bajo el agua, ver en la oscuridad,etc. Su aspecto también suele parecerles llamativo: peludos, con alas, con escamas, con aletas, piel rugosa, fría, o siempre tibia y lisa, unos enormes, otros diminutos. Diferentes y parecidos al mismo tiempo y por lo mismo fascinantes.

Este tipo de curiosidad que despiertan en el niño los otros miembros del reino animal puede desembocar en actitudes crueles que de no ser detectadas y  corregidas a tiempo se exacerbarán en la adolescencia. Estudios hechos por reconocidos psiquiatras coinciden en que un niño que comienza maltratando animales en la infancia, rara vez se detiene ahí y busca víctimas cada vez más grandes en tamaño y desarrollo neurofisiológico. Sin embargo,si este afán de investigación se encauza, puede convertirse en un genuino interés por el conocimiento de la realidad del otro.

Los actuales discursos de la otredad, limitada generalmente a los demás miembros de la especie homo sapiens, intentan enseñarnos a ser más respetuosos con otras razas, géneros, preferencias sexuales, culturas. No hemos logrado mucho en este sentido, ya que aún se ven casos de discriminación, violencia, maltrato, marginación y rechazo hacia lo que nos resulta ajeno, distinto, opuesto a lo tradicional, a lo habitual, a lo normal, entendido esto como mayoritario. Pero poco o casi nada se ha hecho desde la educación para excluir de la discriminación a los animales no humanos. Ellos no son considerados un otro al que haya que respetar, concederle derechos, dignidad. En algunas sociedades se ha avanzado en materia de protección a los animales y hay algunas leyes que castigan el maltrato, abandono o negligencia hacia ellos, ero no tenemos un buen punto de partida pedagógicamente hablando.

He conocido muchos niños y niñas de varias edades. Algunos hijos de activistas pro derechos de los animales, otros no. Pero todos tienen en común una enorme capacidad de asombro ante lo novedoso. Los niños, que no saben que Aristóteles recomendaba a sus discípulos nunca dejar de maravillarse, lo hacen habitualmente, sin demasiado esfuerzo. Los adultos en cambio parece que hemos visto todo: una paloma es igual a otra, una vaca es un elemento decorativo del paisaje del campo, un pez en una pecera es un adorno más de la casa y un ratón es una plaga que hay que exterminar.

He escuchado a niños preguntarse ingenuamente ¿qué es la carne? sin imaginar siquiera que aquello que se les obliga a comer son los cuerpos destazados de los mismos animales que dibujan en sus cuadernos. He visto la ternura de un niño al tener un ratón en sus manos y pedirle a su madre que no lo mate con la escoba. Mi primo de pequeño sacaba insectos de la piscinas pues “le daba lástima que se ahogaran ”. Los insectos son menospreciados casi por la mayoría de los humanos, proyectando en ellos nuestros propios miedos y ascos.

La primera niña vegana que conocí era hija de un par de veganos dedicados a profesiones que poco tienen que ver con el activismo “oficial ”. Simplemente habían optado por una alimentación más saludable, ecológica e incruenta. La pequeña solía comentarme lo raro que le parecía que sus amiguitas de la escuela dijeran amar a los animales y se los comieran a la hora del descanso en un bocadillo de jamón o en ensalada de atún. “Si te gustan los animales, no te los comas ”, les decía ella.

Cuando fui promotora ambiental y me dediqué a educar en el respeto hacia los animales,  los  niños de las  escuelas públicas expresaban su tristeza al ver un perro encerrado en un balcón o en una azotea, y muchos de ellos se negaban a ir a circos con animales porque “los animales están tristes ahí ”.

La típica patraña de llevar a los chicos al zoológico para que conozcan a los animales y aprendan sobre ellos,ha perdido adeptos incluso ente los escolares,quienes prefieren verlos en documentales televisivos donde se muestran como son y pueden realizar sus comportamientos naturales.“En el zoológico, los animales se aburren ”,  me dijo un pequeño de 6 años.

¿Qué sucedió  pues, entre  ese  interés, curiosidad, atracción  o  incluso  amor hacia  los  animales, que sentíamos en la infancia y esta desensibilización, mecanización y distanciamiento con el que los vemos en la adultez? ¿Por qué en unos niños se perdieron estas características positivas y en otros permanecieron?

En la transición de la infancia a la adolescencia comenzamos a aplicar los prejuicios inculcados  por los padres y la sociedad; intentamos rebelarnos ante un mundo que no nos gusta del todo, pero tampoco nos empeñamos en cambiarlo. Ser sensible es calificado como cursi y tener convicciones firmes no es la norma. Es sin duda una etapa difícil y sería más sencillo formar mejores seres humanos si desde la infancia se educara en la empatía: la capacidad de ponerse  en el lugar del otro, donde éste no es necesariamente un miembro de nuestra especie, sino a grosso modo, un ser con capacidad de sufrir y disfrutar con quien compartimos el planeta.

Los niños criados en el respeto hacia la naturaleza y sus habitantes no humanos, son también más humanitarios y   sensibles ante los problemas de sus congéneres. La empatía no hace distinción entre género, raza, especie. Es una capacidad de comprender las emociones del otro, sus  tristezas, sus  alegrías, sus  necesidades. Es una  comprensión  que  no está dada únicamente por el entendimiento, sino por el desarrollo de vínculos emocionales con lo que nos rodea.

A los niños de hoy se les enseña a usar computadoras y aprender idiomas. Muy bien. Pero antes que cualquier otra cosa creo que es fundamental enseñarlos a ser parte de la solución de un mundo cada vez más deteriorado. El distanciamiento de la naturaleza, concebirla sólo como proveedora de alimentos y materias primas nos hace renunciar al gran placer estético de u contemplación.

Al cosificar devaluamos,al empatizar, en cambio, damos más valor. Como padres y educadores tenemos la enorme responsabilidad de formar mejores generaciones de seres humanos y como adultos debemos no dejar de maravillarnos ante ese otro y reconocerle su dignidad derecho a vivir plenamente.



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